Isla OMETEPE XI
El último amanecer que pudimos disfrutar desde Nicaragua.
El último amanecer que pudimos disfrutar desde Nicaragua.
Como en toda Nicaragua los niños abundan por todas partes.
Paseo a Caballo por la Isla de Ometepe 400 cordobas.
Cerveza fresca a mitad de recorrido 40 cordobas.
Desayuno nica con gallopinto que te da energia para el paseo 45 cordobas
Pasarte el dia siguiente trece horas sentado en el avión con el trasero "jodido" por la silla de montar: NO TIENE PRECIO
Desde el mirador contemplábamos los mejores atardeceres de nuestras vidas. ¡Mira que felices que están mis Barbies!
Una bonita vista del volcán Concepción desde la Finca Magdalena
Los petroglifos son piedras esculpidas por los antepasados de los indios.
Cuidadín con las serpientes de Coral.
Jenifer me preguntaba si subiría a alguno de los volcales. Aqui tienes la prueba. Es el volcán Maderas, el mas pequeño, pero también el mas bonito puesto que hay mucha mas vegetación en la subida y además en su crater inactivo hay un lago. Me llovió mucho, pero disfruté todavía mas.
El paisaje es espectacular
Esta era nuestra cabaña, en las faldas del volcán Maderas de la Isla de OMETEPE.
Lo cierto es que en el mundo civilizado uno tienes mucho menos tiempo para escribir y colgar cosas. No he podido escribir nada de los últimos días, pero voy a colgaros algunas fotos del final de nuestra vivencia.
Veo que entrais muchos todos los dias al blog. Gracias por acompañarnos en esta aventura, y aprovecho para saludar a:
-Yin que eres la caixera que mas entra de Valencia, porque los de Zaragoza funden el blog.
-Maruja, que no me creo que te de corte escribir mensajes, quien te ha visto y quien te ve. La tia me los manda en privado.
-Manolo Broseta, tenía dudas entre padre e hijo pero sabía por donde iban los tiros, recuerdos a la familia.
-Sonias, gracias por vuestra compañía.
-Familia Lloris, dejar de meter cuñas de publicidad de la web de la empresa q os voy a tener q cobrar. Besos para todos.
Y para el resto muchos saludos y abrazos.
No hay mejor despertar que el del sonido de las olas rompiendo en la playa este de Little Corn Island. Me encanta este lugar. Y me encanta la tranquilidad que el lugar inspira. En las cabañas no hay mucha gente hospedada y todos madrugan menos que yo, de modo que comparto la soledad del amanecer con las aves que recorren la orilla de la playa en busca de pequeños cangrejos que llevarse a su pico mientras leo en una de las hamacas. Parece que hoy las nubes van a ganar la batalla al sol, pero no importa, tomo posesión de mi hamaca y me tumbo a leer, sin saber ni tan siquiera la hora que es, ¿eso que importa? Comienzan a dejarse caer pequeñas gotas de agua. No me molestan en absoluto, la sensación de estar tumbado en la hamaca dejando que la lluvia refresque el ambiente es bastante agradable, pero decido tomar refugio bajo una de esas sombrillas que hay construidas con hojas secas de palmera puesto que mi libro no soporta tan bien como yo la lluvia.
Pero la lucha no cesa, y al final el sol consigue hacerse con las nubes y consigue su espacio entre ellas para dejar caer sus rayos sobre la pequeña isla caribeña. Momento idóneo para tomar un buen baño y seguir la lectura a la sombra de una palmera cocotera. Llega el peor momento del fin de semana, que supone tener que pedir la cuenta al encargado de las cabañas para abandonar el lugar, y dirigirme al club de buceo para hacer dive (submarinismo) de nuevo. Llego allí sobre las once, donde preparo mi equipo con la ayuda de los empleados del club y hago de nuevo migas con “Sandra” mi monitora y compañera bajo las profundidades del mar, que me acompaña y me asiste en todo lo que necesito. Ella es americana, y me explica muchas cosas, la mayoría no las entiendo, pero le digo que si la he entendido, así es como actúan los nicas, y yo me estoy acoplando muy bien a sus costumbres. Cogemos de nuevo la lancha que nos lleva a otro destino diferente al de ayer. Hoy Simona ha preferido no repetir la aventura, puesto que con un día de sumersión era suficiente, según justifica. Pero yo en cambio, no tengo bastante ni con estar todo un año debajo del agua, la aventura y la sensación de estar buceando junto a miles de peces que se acercan a ti con la misma curiosidad con la que tú te acercas a ellos es difícil de explicar. Hoy la inmersión es mejor que ayer si cabe, puesto que disfrutamos de aguas mas profundas, a doce metros de profundidad, mas tranquilas y con especies totalmente diferentes a las de ayer. Uno de los americanos que también bucea en el grupo, el cual intentaba mantener conversación conmigo en la lancha me llama bajo el agua para que pueda divisar con él a tres langostas enormes que están en una de las cavidades de la gran masa de coral, me impresiona lo difícil que ha sido comunicarnos en la superficie y lo bien que nos entendemos bajo el agua con señas, gestos y expresiones de asombro. Y no voy a describir todo lo que vi, porque es imposible recordarlo y porque estaría aquí hasta la hora de mi vuelo a España, así que os ponéis uno de los documentales marinos de la 2 y os hacéis una idea.
Llegó el momento de subir a la superficie puesto que el oxigeno que queda en las botellas es escaso, me entristece cuando Sandra me hace señas de que hay que dejar el fondo marino, pero es lo que hay. Al llegar a la superficie del agua nos encontramos con una pequeña tormenta que agita mucho las olas. Me recuerda mucho a tantas y tantas películas de naufragios, ya que estamos Sandra y yo alejados de la lancha esperando a que venga a nosotros y el vaivén de las olas hace que en ocasiones no divisemos ni la lancha ni tierra a la vista, una sensación muy emocionante. Una vez en tierra me despido de mis amigos submarinistas y me dirijo al muelle a esperar la panga que sale para la isla más grande desde donde cogeré mi vuelo a Bluefields. Allí en la espera conozco a un chaval de Washington que está también como cooperante de profesor en una pequeña escuela de Granada. El está aquí para cuatro meses, pero es que Granada es una ciudad para permanecer durante mucho tiempo. Me parece un tipo interesante, ha aprovechado el largo fin de semana para conocer Corn Island, aunque no ha disfrutado tanto de la isla como yo según me cuenta.
La panga llega con algo de retraso, son mas de las dos y a las dos tenía que presentarme en el aeropuerto para que me solucionaran el tema de mi inexistente boleta, pero en este país nadie se pone nervioso, solo nosotros los extranjeros. El viaje en panga es algo parecido a las atracciones de Port Aventura. Teniendo en cuenta que este lloviendo y que hay una marea considerable, al marinero de turno no le importa lo mas mínimo y pone a prueba los motores de la embarcación, no sabría decir la altura que tomaríamos en los saltos entre ola y ola, pero creo mas de lo que recomendaría cualquier hombre de mar. El trayecto al principio es divertido, pero llega a ser acojonante, y esto sumado a una chopada provocada por las olas que no cesan de salpicarnos y que son ayudadas de una ligera lluvia.
Llegada a puerto, afortunadamente sin la pérdida de ningún pasajero en ninguno de los sucesivos saltos de la panga, pero eso si, sin ningún pasajero con los correspondientes hematomas en su trasero. A mi llegada cojo al primer taxista que veo y le transmito mi prisa por llegar al aeropuerto en el que estaba citado hacía ya una hora. El taxista me dice que no me preocupe pues el avión parece está averiado.
En el aeropuerto no tengo ningún problema, el hecho de no tener boleta no es indispensable para volar. Impensable en España. Como también es impensable que para revisar el equipaje tengas que sacar todas las cosas que llevas en la mochila y mostrárselas a un empleado de aeropuerto que las examina con sus manos protegidas por guantes blancos de látex.
Ya me han advertido de que el vuelo saldrá con algo de retraso, pero mi sorpresa es mayor cuando me entero del motivo del retraso ya en la sala de espera. Resulta que la avioneta que tiene que llevarme a Bluefields ha sufrido una avería en el aterrizaje. Al llegar a la pista se reventó la rueda derecha y está en mitad de la pista sin que haya ningún medio de arrastre para quitarla del lugar. Mi estado de sorpresa no cesa, puesto que una humilde azafata de tierra pide ser escuchada en la sala de espera y solicita voluntarios para ayudar en el desalojo de la pista de aterrizaje, ya que ha salido un vuelo desde Managua para sustituir la avioneta averiada pero ésta no puede aterrizar si no se consigue desalojar la pista. Y bueno, siendo que piden voluntarios y yo a este país he venido precisamente a eso, a hacer voluntariado internacional, dejo mis cosas al cargo de una de las pasajeras y me lanzo a la pista de aterrizaje. Entre 12 hombres, entre ellos personal del aeropuerto, militares y pasajeros, bajo las órdenes del piloto y su ayudante y con la compañía de una suave lluvia, conseguimos con grandes esfuerzos enderezar la rueda averiada y empujar la avioneta hasta desalojar la pista de aterrizaje. Esto solo puede pasar en Nicaragua.
La espera en el aeropuerto no se hizo muy larga, puesto que estos días tengo la compañía de un libro, además del que me regaló Nuria, que entre uno y otro van ocupando los ratos de espera, que en este país son abundantes. También conozco allí a una alemana, de avanzada edad, que trabaja con una ONG, durante muchos años aquí en Nicaragua. Llevan a cabo varios proyectos, entre ellos reforestación, y uno muy curioso que ya vi en Kukra River: con excremento de animal, y agua, todo ello mezclado en unos depósitos de plástico, producen gas que utilizan para cocinar. Muy interesante, tanto los proyectos como la vida de esta señora tan agradable.
Al fin consigo llegar a mi destino, deshacer mi mochila, secarme y pegarme una ducha para cenar algo. Hoy han sido muchas las cosas que me han pasado, es increíble lo que da un día de sí.
A la mañana siguiente madrugo bastante. La luz del sol suele despertarme, así que a las cinco hay un sol como el de las doce del medio día en España y eso me tira de la cama a patadas. Decido recorrer la isla por toda su vertiente oriental. ¡Buá! Nunca pensé que podía haber un lugar tan bonito. Las playas caribeñas las hemos visto cientos de veces por las películas, pero en realidad son más bonitas si cabe. Añadiendo que esta parte de la isla está totalmente virgen, que no hay cabañas, ni casas ni complejos turísticos, ni mega apartamentos como en otros lugares. No hay nada, solo palmeras, aves, cangrejos, arena blanca, agua cristalina y para más colmo no encuentro a nadie en todo el paseo, solo a un indígena que bebía coco a la orilla de la playa sobre una roca. Este paseo creo que no se me olvidará en la vida.
Regreso a las cabañas para desayunar con Simona y partir hacia un centro de submarinismo que habíamos contratado el día anterior. Tras unas clases teóricas (en ingles eso si) un video y unas cuantas prácticas en aguas no profundas, nos embarcamos en una lancha que nos llevaría a uno de los cientos de arrecifes de coral que rodean Little Corn Island. Y aquí vuelvo a alucinar en colores, nunca mejor dicho porque la diversidad de color que hay en la profundidad del Caribe es alucinante. Peces de mil especies, de mil tamaños, de mil colores. Corales, seres extraños, colores, formas… Bueno, indescriptible, algo así parecido como a un documental de esos de la dos que tanto me relajan cuando los pongo. La experiencia ha sido fabulosa y pienso repetir al día siguiente si el tiempo lo permite. Simona en cambio no se siente tan cómoda bajo del agua, pero es que yo me siento como si hubiera vivido en un estado así toda mi vida. La monitora, no cesa de felicitarme por lo bien que hago todo lo que me enseña. Se quedo alucinada cuando vi que limpiaba sus gafas bajo del agua con unas algas y yo al ver q lo hacía hice los mismo, me las quite las limpié y me las puse. Luego fuera en inglés me decía que no se explicaba como podía haberlo hecho con tanta seguridad sólo con ver como lo hacía ella y por iniciativa propia. La sumersión dura poco mas de media hora, puesto que ya habíamos utilizado oxigeno en las pruebas previas, pero a mi se me pasó volando. Una pena que se acabara.
El resto del día transcurre en las hamacas que tanto voy a añorar el resto de mi vida, ya que su comodidad, su cercanía a un mar tan limpio y el ruido de las pequeñas olas que casi llegaban hasta las palmeras inspiraba una tranquilidad y una felicidad que es imposible que pueda transmitir con palabras.
La cena la comparto con Simona, y es interesante comernos juntos unos pescados recién sacados del mar, y como acompañamiento la conversación de las costumbres de su país, que prometo tengo que conocer. Cuando vuelva a España creo que voy a dejar mi trabajo y me dedicaré a conocer diferentes culturas, diferentes países, diferentes gentes. Creo que he nacido para eso. Simona también conoce otros países, para tener sólo 24 años ha viajado mucho y me encanta que me transmita sus impresiones sobre las gentes y lugares que ha visitado.
Anoche todo un éxito. El vigilante, D Pablo nos hizo una cena a lo nica, que ya os podéis imaginar: arroz, plátano hervido y cerdo frito, esto último era algo extraordinario. Faltaron los frijoles, pero ¿alguien los echó de menos? Yo no.
Cenamos D Rufino, un productor que se quedó a hacer noche en la casa, D Pablo y yo. Fue muy divertida la conversación que mantuvimos en la cena. Los temas mas interesantes fueron los de los animales de la selva. D Rufino como vive en la selva conoce bien a todos los animales que para mí son tan exóticos y yo no cesaba de preguntarle por los tigres, los monos, los cocodrilos, las serpientes. Hay serpientes que miden más de cinco metros, y cocodrilos de más de seis… D Pablo también sabe mucho de animales, sobre todo de serpientes ya que les tiene mucho miedo y ha pasado muchas aventuras con ellas, puesto que su padre era una especie de brujo que curaba las picaduras de muchas de ellas y tenia que ir a la selva de vez en cuando para “relacionarse” con las serpientes. Parecían fábulas todo lo que contaba, bueno para mi lo son, ya que todo se quedaba en brujería, hechizos, pociones, encantamiento de serpientes… Pero no dejó de ser divertido en ningún momento. Otro tema interesante fue el de las diferentes tribus que existen por los alrededores de Bluefields y más interesante todavía sus costumbres. Hay una tribu que puebla una pequeña isla de la bahía que viven y se mueven siempre cerca del río o del mar puesto que sus necesidades las hacen única y exclusivamente en el agua. Así que para ellos la vida es impensable alejados de agua. Otra tribu que nunca se cortaba los cabellos, otros que vivían solamente de lo que pescaban y de los productos que recolectaban de la selva, estilo hombre neandertal, y así mil y una historias y casuística de esta gente que en ocasiones parece sacada de los libros de historia primitiva del ser humano.
No tardamos mucho en acostarnos pues al día siguiente todos teníamos que madrugar bastante. A mi me esperaban tres días de descanso en unas islas que prometían (Corn Island), por lo que había podido ver por Internet y lo que había escuchado a la gente de por aquí. Nada mas levantarme me dirigí al aeropuerto, faltando pocos minutos para mi vuelo yo seguía sin boleta (billete) puesto que no funcionaban las tarjetas Visa en ese momento, aquí es normal que las cosas dejen de funcionar por minutos, horas, días… La azafata no estaba nada estresada, yo ya empezaba a ponerme nervioso. Al final Maria, que así se llamaba la azafata de tierra, encontró la solución, se tomo nota de mi tarjeta, para poder hacer el cargo cuando pudiera, pero no podía darme billete porque no lo había cobrado, así que me dijo que volaba sin boleta pero con una orden de embarque, que no se muy bien lo que era, pero que me permitía viajar. No sabía si a la vuelta tendría algún problema, pero ella me aseguró que no, que aunque no llevara ningún documento ella ya se encargaría de reservarme la vuelta y de que no me pusieran problemas a la vuelta. ¡Dios proveerá!
Me subo al avión y hay algún que otro problema. Resulta que hay un pasajero, un tal John, que ha bajado en Bluefields e iba desde Managua para Corn Island, pero en la escala había bajado sin darse cuenta. Pobre John, jamás supimos más de él. Otro problema fue que había una señora que la habían chequeado mal y no constaba que tenía que volar y estaba en el avión. El piloto nos explicaba a todos que si alguien no consta en el registro de vuelo y hay algún accidente mortal la compañía de seguros no cubría a los viajeros no registrados. Creo que en caso de accidente mortal a ninguno de nosotros nos preocupaba lo que la compañía de seguros hiciera o dejara de hacer, pero para ellos era de vital importancia. Bueno, bueno, bueno, esto es Nicaragua.
Parece que el piloto se decide a despegar y en media hora llegamos a las islas prometidas. Corn Island son dos islas, la big y la little (grande y pequeña para los que no dominan ingles). La grande no se como es porque estuve en ella minutos, ya que me habían aconsejado ir a la pequeña que era como mas virgen. Se coge una panga, que va a una velocidad de rayo y en media hora te deja en Little Corn Island. Es una pequeña isla caribeña, no hay carreteras, ni coches ni vehículos. Solamente hay una acera de poco más de un metro que recorre la isla de norte a sur, y de ella manan pequeños senderos a este y oeste, recubiertos de vegetación que llevan a las casas, a las cabañas, a las playas… Con mi mochila me dirijo sin ningún rumbo a buscar un alojamiento que me habían recomendado, pero tras preguntar a mucha gente no conseguí concretar dónde era. Aquí en la isla hablan mayoritariamente ingles, aunque un ingles muy particular, pero también algunos español, también un español un poco diferente, y algún dialecto indígena. Mientras deambulaba, una chica rubia (es la primera rubia que veo en Nicaragua después de Belén y Rosa) me pregunta si sé donde voy, porque ella tampoco lo sabe. Ella es Simona, con la que compartiré algunos ratos estos días, y es de Lituania. Vaya una europea por aquí. Aquí hay turistas pero suelen ser americanos. Decidimos buscar algo juntos ya que vamos igual de perdidos. Dejamos el lado oeste de la isla para irnos al este, que es mas virgen, y al cruzar los senderos repletos de palmeras y vegetación nos encontramos con una serie de playas llenas de palmeras, con unas vistas impresionantes y en las que alquilan pequeñas cabañas dobles e individuales, al lado del mar, algo parecido a lo que encontró Robinsón Crusoe después de su naufragio. Decidimos quedarnos en la primera de ella, no voy a describirlo porque no me siento capacitado, mejor veis algunas fotos que son mas descriptivas que lo que yo os pueda contar.
El tiempo no es bueno del todo, esta nublado y parece que quiera llover. No promete mucho el tiempo para estos días, pero un sitio así, aunque sea sin sol, es todo un paraíso. De forma que hay que aprovecharlo sea como sea. Me recuerda una conversación que tuve el otro día en el muelle de Bluefields con un chaval que se dedicaba a descargar y cargar barcos. Aquí la gente es muy creyente, mucho, en diversas religiones, pero en general con muchísima fe, y me decía que tenia un día de trabajo duro, y con lluvia, pero que no le importaba, me decía que las cosas si vienen buenas hay que estar contento, pero que si vienen malas hay que estar contento de igual modo porque vienen de Dios, y lo que viene de Dios es todo bueno, y había que dar gracias por ello. Como veis, optimismo no le faltaba al amigo. Pues eso mismo pensé, haga el tiempo que haga voy a disfrutar de la isla al máximo.
Simona y yo dejamos las cosas en nuestras respectivas cabañas y decidimos dar una vuelta por la isla. La isla es pequeñita pero tiene muchos rincones que descubrir, pequeñas playas, alguna que otra cala, algo de vegetación en su interior, indígenas muy peculiares…. Todo un mundo por descubrir. En el paseo, entre el bosque encontramos unos frutos grandes en el suelo Simona asegura que son mangos y nos pegamos una “fartada” de estos que fue alucinante. Nunca los había probado, pero ella decía que en Europa eran caros, y aquí podía comer todos los que quisiera gratis. Fue una buena experiencia. El resto del día fue muy tranquilo, se basó en tumbarme en una hamaca, sujeta por dos palmeras a un par de metros de la orilla del agua, a leer, a relajarme, a meditar, a VIVIR…
Esta foto de concurso es para Rosa, gran amante de la fotografía y para Belén. Os hubiera encantado la isla. Pero prometo contaros mañana todos los detalles en el blog. Besos
Bonito amancer el Littel Corn Island
Esta isla es el lugar perfecto para relajarse y olvidarse del estrés que nos caracteriza a los europeos. Debería estar mas cerca este lugar
En esta isla tan tranquila y tan mágica a uno se le pasa el tiempo volando. Que se lo pregunten a esta simpática mujer.
Mi pequeña cabaña frente al Caribe, a escasos metros del agua. ¡Era real, creedme!